El ictus no solo provoca secuelas físicas, sino también alteraciones psicopatológicas a largo plazo, y no solo recientemente tras haber sufrido la lesión. Así lo establece una tesis doctoral de la Universidad de Deusto, cuya autora, la neuropsicóloga de la Unidad de Daño Cerebral del Hospital Aita Menni, Naiara Mimentza, ha realizado en el Hospital Aita Menni, institución sanitaria vasca sin ánimo de lucro centrada en la atención de personas con enfermedad mental, daño cerebral, discapacidad intelectual y personas mayores.

Este estudio se centró en analizar a un total de 97 sujetos divididos en dos grupos: el grupo de estudio compuesto de personas con ictus y el grupo control en el que había personas sanas y que no han sufrido un ictus. De esta forma se encontró que existe una alta prevalencia de depresión, ansiedad y apatía 3, 6 y 12 meses después del ictus, siendo mayor el impacto de la apatía en la capacidad funcional del día a día de las personas implicadas.

A este respecto, la especialista de Aita Menni concluía que el “ictus genera un amplio abanico de trastornos psíquicos y un alto impacto tanto en los pacientes como en sus familias; se correlacionan con peores resultados funcionales, menor participación social, conflictos familiares, sobrecarga al cuidador, mayor institucionalización, mayor mortalidad y peor calidad de vida”.

Resultados específicos

En cuanto a las cifras concretas de estas alteraciones psicopatológicas, en el caso de la depresión, en la primera valoración (3 meses) casi la mitad de la muestra presenta un trastorno depresivo, disminuyendo en las siguientes valoraciones. Respecto a la ansiedad, casi el 30 por ciento presenta ansiedad en las dos primeras valoraciones (3 y 6 meses después del ictus), disminuyendo al 15 por ciento al año del ictus. Por otra parte, en relación a la apatía en la primeva valoración la mitad de las personas con ictus presentaron apatía, siendo del 32,4 por ciento en la segunda valoración y del 25,90 por ciento en la tercera valoración.

Ante estas cifras la experta señalaba la necesidad de “incorporar la valoración de las alteraciones psicopatológicas en las valoraciones neuropsicológicas porque las secuelas del ictus, los cambios cognitivos y conductuales marcan el día a día y el futuro de las personas y sus familias”.