Una buena adherencia al tratamiento en pacientes que han sufrido un infarto agudo de miocardio (IAM) comporta mejores resultados en salud y un ahorro importante de los costes sanitarios, al reducir los riesgos de que se produzcan nuevas crisis cardiovasculares. De hecho, un seguimiento farmacoterapéutico correcto reduce en un 25% el riesgo de eventos cardiovasculares mayores (MACE, por sus siglas en inglés).

Sin embargo, un porcentaje de pacientes abandona la medicación pasado cierto tiempo. Suelen ser estrictos con el seguimiento de los tratamientos farmacológicos inmediatamente después de haber sufrido el IAM, y participan de modo racional en las recomendaciones del equipo de profesionales que le atienden. Pero la adherencia disminuye significativamente durante los seis primeros meses después del diagnóstico y de la prescripción.

Factores que influyen en la falta de adherencia

En la relajación en la adherencia intervienen factores de tipo demográfico como la edad, el género, el nivel de formación, la situación laboral, el grado de conocimiento sobre la enfermedad, el carácter de la persona o la actitud hacia el tratamiento prescrito. Hay quien considera que las modificaciones del estilo de vida son suficientes, que el tratamiento farmacológico solo es necesario para un periodo limitado de tiempo y que prescindir del mismo evita hacerse dependiente de los fármacos.

También influyen aspectos asociados a la propia terapia, como la complejidad del tratamiento, la duración del mismo, la presencia de efectos adversos o la percepción sobre la efectividad de los fármacos. Asimismo, interviene el olvido en las tomas y la dificultad en la ingesta de los medicamentos.

Otros factores están relacionados con la propia patología, como la ausencia de síntomas, lo que puede llevarles a creer que han superado la crisis y que no volverá a ocurrir, la no percepción de severidad por parte del paciente, la mejoría clínica y la duración de la enfermedad.

Cambio en el estilo de vida

Más allá del tratamiento farmacológico, es de vital importancia el control de los factores de riesgo que tienen que ver con el estilo de vida, con el fin de evitar la progresión de la enfermedad, y que constituyen uno de los objetivos principales tanto en la prevención primaria como en la secundaria. Sin embargo, la relajación en cuanto al control de estos factores puede ser preocupante.

En este sentido, tras haber sufrido un accidente cardiovascular o un infarto agudo de miocardio, hay un escaso control sobre todo de la hipertensión arterial, mientras que los factores mejor controlados son el tabaquismo, la hipercolesterolemia y la diabetes. También les cuesta llevar una dieta adecuada, que pasa por la reducción de la ingesta de sal y grasas, y practicar ejercicio físico. En este sentido, la actitud del paciente en relación al cambio de hábitos de vida y el cumplimiento terapéutico es determinante para el control de la enfermedad.

Intervenciones para la mejora de la adherencia

El papel del clínico es fundamental para que el paciente haga un buen seguimiento de la medicación. Hay que transmitir mensajes claros, específicos y bien estructurados. Entre las intervenciones a realizar destaca la adecuación de la terapia a las necesidades y actividades diarias del paciente, y también se recomienda una simplificación del tratamiento farmacológico. Destacan las medidas de apoyo familiar y social, a pacientes que viven solos, carecen de recursos económicos o presentan depresión o trastornos cognitivos.

Promover la educación sanitaria también tiene un impacto positivo sobre la adherencia. Un paciente bien informado sobre su enfermedad, posibles complicaciones, el tratamiento y efectos adversos, al que se le haga partícipe en el manejo de su patología, realizará un mejor cumplimiento farmacoterapéutico. Es importante que entienda que padece una patología crónica, que perciba la seriedad de la misma y que sea consciente de la eficacia del tratamiento

El seguimiento desde Atención Primaria del paciente que ha sufrido un IAM debe suponer un refuerzo de las terapias farmacológicas y preventivas, y requiere de una coordinación con el Servicio de Cardiología, con el objetivo de mejorar la supervivencia y la calidad de vida, disminuir posibles eventos y evitar las complicaciones.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores Ana Flora Guerra, J. Ricardo de la Villa, María José Martínez, Mauro Mourín, Concepción Rodríguez, Antonio Sánchez, Julio Alberto Freire, María García, Margarita Palacios, José María Cardona, Bernardo de Miguel, Rogelio Seoane, José Luis López, Ramona Esteban, Jesús Julio Illade, Carlos González, José Antonio Domínguez, Ana María Fernández, José Manuel Argüero, Víctor Ignacio García, José Cachón, Marcos Álvarez, José Villanueva, Rosa María Prieto, Jorge E. Llanos y Manuel Pichel.