Las fracturas por fragilidad, que tienen en la osteoporosis su principal causa, tienen un enorme impacto económico y, sobre todo, de salud. Pero sus consecuencias van mucho más allá, ya que pueden provocar que personas que se valían perfectamente por sí mismas pasen a ser dependientes, reduciendo dramáticamente la calidad de vida de estos pacientes.

Un reciente estudio calculó que las fracturas por fragilidad provocaron en 2017 en los cinco países más grandes de la Unión Europea más Suecia unos costes de 37.500 millones de euros y una pérdida de un millón de años de vida ajustados por calidad. Esto, en muchos casos, se traduce en que “una persona que era independiente pasa a necesitar ayuda para el aseo, comer, desplazarse…”.

Así lo apunta la doctora Laia Gifre, reumatóloga del Hospital Universitario Germans Trias i Pujol y portavoz de la Sociedad Española de Reumatología (SER), quien subraya que esta situación “también repercute en el estado psicológico” de los afectados, que en muchos casos requieren medicación para superar esta etapa. “Les preocupa mucho la pérdida de autonomía que sufren y la dependencia de terceros”, apostilla.

Difícil prevención

El problema de la osteoporosis es que “es una enfermedad silente, muchos pacientes no tienen síntomas y descubren que la padecen cuando se produce una fractura”, lo que complica la prevención para evitar males mayores y la consiguiente pérdida de calidad de vida. Hay señales de alarma, “pero los pacientes no los atribuyen a una enfermedad”, y a eso se une el progresivo envejecimiento de la población, lo que aumenta su fragilidad.

Una de cada tres mujeres con más de 50 años tiene osteoporosis, cifra que se eleva hasta una de cada dos cuando se supera la barrera de los 75 años. “En los varones la ratio es mucho más baja, un 10% en los mayores de 75 años, pero sufren más fracturas de cadera y más mortalidad, afirma la doctora Gifre. La supervivencia en las mujeres es mayor, pero las consecuencias “son más invalidantes”.

Adiós a la independencia

Las dos fracturas por fragilidad con más mortalidad y más secuelas son la de cadera y la vertebral. En la de cadera, por ejemplo, “hay un porcentaje no despreciable de pacientes que pueden fallecer en el primer año”, a lo que se une la pérdida de calidad de vida. “Pacientes que eran independientes necesitan ayuda para casi todo, pasan a ser dependientes en todos los ámbitos de la vida diaria”.

La variedad de las fracturas por fragilidad es considerable, aunque coinciden en la gravedad de sus consecuencias. “Tras una fractura vertebral se puede recuperar calidad de vida, pero el dolor puede durar hasta seis meses y hay un porcentaje que se queda con dolor crónico”, señala la doctora Grife.

Los casos más frecuentes son los que afectan a fémur, ramas pélvicas, vértebras, muñecas y húmero. “La de radio distal es la que conlleva menos secuelas, es la más sobrellevable, mientras que las de húmero son pocas las que se complican, pero las que lo hacen conllevan dificultad para movilizar el hombro”. De hecho, las lesiones en hombros, vértebras y ramas pélvicas “son las más complejas por sus secuelas”, subraya.

La principal consecuencia es la falta de movilidad. Las fracturas vertebrales, por ejemplo, tienen un impacto que “es como si se construye un muro y de repente se pone un ladrillo con una forma distinta, cambia la estructura de la pared”. ¿En qué se traduce eso en un paciente? “Aparecen dolores donde no los había antes, el cuerpo cambia completamente y hay que adaptar la musculatura”. “La pérdida de autonomía se produce sobre todo tras una fractura de fémur o vertebral”, hasta el punto de que si no se no recupera correctamente “el paciente puede necesitar una silla de ruedas, un andador o que le quede un dolor crónico”.

Una lucha multidisciplinar

La doctora Grife incide en que el tratamiento de la osteoporosis “es multidisciplinar, hay que valorar a los pacientes desde Atención Primaria y desde el hospital”. La lucha contra esta enfermedad “no depende de una sola especialidad, tienen que intervenir reumatólogos, radiólogos, geriatras…”. También traumatólogos, “que tienen un papel importante, porque el primer síntoma de la osteoporosis suele ser una fractura”.

Para reducir el impacto de las secuelas de la osteoporosis se apuesta por un tratamiento precoz, para lo que es importante controlar a los pacientes que han sufrido una primera fractura por fragilidad. Tras un primer caso hay una alta probabilidad de sufrir un segundo evento a los dos o tres años, “por eso hay que incidir en reducir la incidencia”, y de ahí que se estén poniendo en marcha unidades de prevención de segunda fractura.

Un cambio de chip

“Gran parte de los pacientes están infradiagnosticados incluso después de una fractura por fragilidad”, lamenta la doctora Grife. Tras este primer incidente, hay muchas personas que siguen “sin diagnóstico ni tratamiento, eso es algo que no pasa tras un infarto o un ictus. Esto ocurre y ocurre a diario, hay que hacer un cambio de chip”.

Esto es necesario porque “a nivel poblacional la osteoporosis no asusta tanto como otras entidades que se asocian con menos calidad de vida”. La sociedad en general “no está tan concienciada con la osteoporosis y sus secuelas como con otras patologías como el infarto o el ictus”, pese a que sus consecuencias (sobre todo en términos de pérdida de calidad de vida) pueden ser muy superiores.

“El gran inconveniente es que la osteoporosis es silente si no hay fracturas, se infraestima el riesgo por parte de los pacientes y también por el personal sanitario”. Así que la receta pasa por reforzar la prevención primaria para intentar evitar una primera fractura, a lo que seguirá una prevención secundaria consistente en que “no se escape ningún paciente que ya ha sufrido una primera fractura”.