En el ámbito de la salud mental, la violencia que se ve con más frecuencia es la autoinfligida y la interpersonal. Se desarrolla con más probabilidad una u otra en función de la psicopatología predominante. Así, en los trastornos depresivos o trastornos límites de personalidad es más frecuente la violencia autoinfligida en forma de gestos, tentativas o suicidios consumados y autolesiones, y en los trastornos psicóticos o trastorno por uso de sustancias es más común la violencia interpersonal.

También hay que considerar situaciones de violencia en la patología dual en estado de intoxicación, especialmente alcohol/cocaína; en las fases maniacas graves; las personas con rasgos de personalidad límite/antisociales comórbidos y en esquizofrénicos con fases paranoides intensas.

No se puede dejar pasar por alto la que está presente en pacientes con trastornos psicóticos, como pueden ser los que tienen esquizofrenia, trastornos bipolares y/o trastornos de la personalidad.

Aumento del riesgo

El riesgo de conducta violenta se ve claramente incrementado si existe descompensación de la psicopatología de base o en personas con antecedentes de haber presentado conductas violentas con anterioridad. El mejor predictor de conducta violenta es haber tenido conducta violenta previa. Además, la patología dual incrementa el riesgo de desarrollarla.

La entidad mórbida podría ser al inicio de las manifestaciones de un cuadro psiquiátrico, inicialmente sin determinar, pero que puede ser grave, hasta conseguir un control farmacológico consolidado.

También puede darse por el abandono o discontinuación del tratamiento farmacológico previo que resultaba eficaz o por la recaída tras un periodo de tiempo de estabilidad sintomática.

Abuso de tóxicos

En el caso de patología dual puede ser por retorno al consumo o a una escalada en el abuso de tóxicos, además pueden contribuir acontecimientos desencadenantes por problemas interpersonales con crisis en el grupo primario de apoyo, en el ambiente sociofamiliar y laboral.

En la detección y tratamiento del paciente violento, lo ideal sería mantener una correcta información actualizada de la evolución y seguimiento con revisiones frecuentes en aquellos que se presume que puedan tener mayor riesgo o tendencia a la violencia. Es importante recabar información de familiares, cuidadores o núcleo social cercano en los que se pueda detectar un aumento de consumo de tóxicos y signos derivados, cambios en la conducta, rutinas o hábitos, abandono de tareas e incremento de la ansiedad y cambios de humor, discontinuación en la farmacoterapia, etc. Lo más importante es que hay que adelantarse a lo que pueda ocurrir con una valoración y ajuste adecuado de la medicación.

Manejo farmacológico

En episodios agudos, se emplean fármacos intramusculares ajustados al tipo de agitación, ya sea tóxica, psiquiátrica o mixta.

Por su parte, también existen tratamientos con fármacos de larga duración, bien orales o intramusculares, para pacientes incumplidores.

Entre los antipsicóticos, destaca la cariprazina. Los antipsicóticos y benzodiacepinas se emplean para situaciones agudas, junto con fármacos estabilizadores, como intento de prevención.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores Enrique Goenaga Palancares, Enrique Daniel Vega, Sara Baño Cortés y Francisco Javier Jerez Barroso, de Cáceres; Javier Jalvo Rogel, Diego Jiménez Morón y Kazuhiro Tajima Pozo, de Madrid; y Celeste Gil Silva, Pilar Calvo Estopiñán y Eugenia Esteban Rodríguez, de Zaragoza.