Uno de los interrogantes de los padres primerizos es cuál es el calzado ideal cuando su hijo se inicia en la aventura de caminar. Su incógnita se concreta en cuatro requisitos: ligereza, flexibilidad, libertad y estimulación.

El zapato ligero es un placer para el pie. Transmite libertad y seguridad al niño a la hora de intentar movimientos que son nuevos para él. Además, reduce la fatiga muscular, aumentando la sensación de comodidad. El zapato flexible no pone ningún impedimento al pie para que se mueva como quiera y el concepto de libertad implica que los dedos cuentan con todo el espacio que necesitan. La estimulación se consigue cuando el pie, a pesar del zapato, logra sentir, entre otras cosas, la rugosidad, el relieve y las inclinaciones del terreno en el que se apoya.

Cada niño es único

Seguro que entre todos los libros que ha leído hay alguna lista de fechas que marcan cuando su bebé se sentará sin ayuda, empezará a gatear, se agarrará a los muebles para levantarse y se lanzará a dar sus pequeños pasos. Pero recuerde que cada niño es único y no convierta el crecimiento de su pequeño en una carrera contrarreloj. Puede que su hijo tarde algunas semanas más, e incluso meses, de lo que en general estipulan estos manuales en dar sus primeros pasos y no por ello ha de preocuparse. Algunos llegan a la meta antes que otros pero al final todos, tarde o temprano, acaban cruzándola. Y llegado ese momento se ha de tener previsto el calzado adecuado.

A cada edad su zapato

El zapato ideal es el que mejor se adapta a las necesidades del pie del niño en cada una de sus etapas de crecimiento. Hasta aproximadamente los primeros ocho meses de vida lo natural es que el bebé esté descalzo y que lo único que necesiten sus pies sea protegerles del frío y de la humedad. Para ello no hace falta ningún calzado, sino que basta con que les abriguen con unos calcetines o patucos. Y de optar por alguno, ha de ser por el “zapato sin suela”, es decir, totalmente flexible, y lo suficientemente grande como para que no le presione el pie por ninguna parte y no le robe ni un ápice de libertad.

Del octavo mes de vida hasta el décimo es el período de las primeras caídas y golpes. El pequeño se sienta sin ayuda y se va agarrando a todas partes, pues cualquier cosa es buena si le vale para ponerse de pie. Lo intenta una y otra vez y son muchas las veces que se cae al suelo y no se cansa de probar a llegar a los sitios gateando. Son los meses de las intentonas y las caídas por lo que los pies ya necesitan cierta protección. Lo mejor es que sean unos zapatos ligeros que no sólo le protejan sino que también le proporcionen seguridad mediante una horma recta y un piso flexible. Pero aunque esté muy preocupado por la seguridad de su bebé no por ello ha de olvidarse del bienestar de sus pies que continúan su proceso de formación, por lo que los zapatos han de carecer de refuerzos internos y contar con una plantilla anatómica que estimule la formación del arco de la planta.

Es a partir de los diez meses cuando el bebé logra sus primeros pasos, pero de rodillas y haciendo uso de las manos. En un visto y no visto, será capaz de atravesar gateando todo el salón y esconderse en los sitios que menos se imagine. Es todo un torbellino que le dará algún que otro disgusto, por lo que ha llegado el momento de dar un paso más en lo que a zapatos se refiere y apostar por refuerzos en la puntera, suela antideslizante, flexible y de unos tres milímetros y plantilla anatómica. Lo importante es que los pies tengan toda la libertad que necesitan sin que por ello tengan que sacrificar seguridad.

Un día, de repente, entre los once y los catorce meses, se pone de pie y empieza a andar, primero con su ayuda y poco a poco el sólo. Ha llegado la hora de la verdad, del ‘primer zapato’ propiamente dicho. Desde ese preciso instante, los pies soportarán de por vida el peso de su hijo por lo que ha de hacer todo lo que esté en su mano para que unos pies que han nacido sanos no acaben estropeándose. No olvide que casi todos (el 95% o más) los trastornos de un pie adulto comienzan en la niñez al llevar zapatos mal diseñados y construidos.

A partir de los tres años los pies del niño no tendrán un momento de descanso. Sus zapatos deben jugar, correr y saltar con ellos, protegiéndolos pero sin limitar su libertad de movimientos.

El primer zapato

El primer zapato, aquel que el niño usa cuando empieza a dar sus primeros pasos, ha de imitar la forma natural del pie y para que pueda moverse con libertad y sus dedos cortos y gorditos no se sientan oprimidos ha de ser seis milímetros más ancho que el propio pie y doce milímetros más largo. Es muy importante que sea suave, ligero y flexible, una cualidad que se consigue con una suela fina, de menos de cinco milímetros, que le permita sentir las irregularidades del terreno y que lleve un refuerzo en la punta que contrarreste el desgaste. La horma y la suela, además, han de ser de cuero natural y libre de tinturas que puedan causar algún tipo de alergia. Una suela y un material adecuados permitirán al zapato adaptarse como si de un guante se tratara.

Lo mejor es que el interior carezca de costuras pues cuando son gruesas o están mal rematadas pueden dañar la piel. El tacón ha de ser recto y como mucho de quince milímetros y el zapato ha de contar con refuerzos que protejan el pie y le den estabilidad. Da igual como se abroche, mientras quede bien sujeto, aunque la verdad es que con los cordones el zapato se puede abrir más. El empeine a esta edad es alto, por lo para que el pie tenga toda la libertad de movimiento que necesita el zapato se ha de abrochar en el empeine y la lengüeta ha de ser suave y acolchada para no irritar esa parte del pie. No le lleve siempre en zapatillas y aunque entre las botas y los zapatos no hay muchas diferencias, las primeras sujetan algo más el tobillo.

No son adultos pequeños

No piense en el pie de su niño como en el de un adulto en pequeñito. No tiene nada que ver. Primero, no caminan igual. Cuando empieza a dar sus primeros pasos piensa sobre todo en no perder el equilibrio, por eso anda con los pies muy separados y apuntando hacia fuera. Segundo, su anatomía no es la misma. Los huesos no se han desarrollado aún del todo y de hecho algunos son todavía cartílagos, más blandos y flexibles. Tercero, no tienen la misma forma. Hasta que cumpla los dos años de vida el pie del pequeño es gordito, flexible y blando y una almohadilla de grasa esconde el arco de la planta, por eso parece que tiene el pie plano. Además, mientras que en el adulto la parte más ancha está debajo del comienzo de los dedos, en el niño está a la altura de los mismos. Y cuarto, ni siquiera muestran el dolor igual. Y es que las terminaciones nerviosas aún no han madurado, por lo que por mucho que le oprima el zapato es muy raro que se queje. Lo que hará en señal de protesta es quitarse los zapatos una y otra vez, por lo que si su niño actúa así tenga en cuenta que es porque el zapato le genera alguna molestia.

FUENTES: Chicco y Agencia de Información y Actualización Médica “Masalud”.